República. Del gRano y de la paja.

REPUBLICA BANDERA2A los republicanos españoles la abdicación de Juan Carlos nos pilló con el pie cambiado. El análisis debe iniciarse el pasado 14 de abril en una Plaza de Sant Jaume de Barcelona casi vacía, donde menos de trescientas personas celebramos el aniversario de la proclamación de la II República Española y reivindicamos la instauración de la Tercera. Lidia Falcón  lamentaba cuán pocos que éramos y se preguntaba dónde estaba la izquierda, dónde los grupos feministas, dónde los sindicatos. No entendía la desidia ciudadana. Yo tampoco.

En la víspera, domingo 13 de abril, acudí a la manifestación republicana que cada año se celebra por la mañana en mi distrito de “Nou Barris”. Había tantas banderas “estelades” (secesionistas) como republicanas. A algunos nos molestó pero los convocantes resolvieron por alabar la convivencia, la unidad de los que luchan contra el “poder establecido”, en una interpretación errónea del principio maoísta de que “el enemigo de tu enemigo es tu amigo”.

Considerar al nacionalismo, el secesionismo, como un proyecto compatible con la lucha por la República, con las luchas sociales, y abogar por integrarlo en la lucha contra el capitalismo, la aceptación pasiva del relato anacrónico (y, por ende, falaz) del nacionalismo es uno de los mayores errores de las izquierdas españolas de los últimos 50 años.

Lo cierto es que el nacionalismo, en tanto que proyecto uniformador, cala, se embebe, se incrusta en toda suerte de organizaciones y movimientos de derechas o de izquierdas imponiendo su discurso transversal y anulando, relegando o mediatizando su objetivo inicial (el de las citadas organizaciones) en pos de la “construcción nacional” en coincidencia con los postulados conservadores de la mediana y pequeña burguesía catalana desde finales del siglo XIX.

Se puede argüir que existe un nacionalismo de izquierdas basado en la liberación de pueblos colonizados. Nadie discute aquí el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui o del pueblo palestino. Hablar de colonias refiriéndose a Cataluña o País Vasco, principales feudos del nacionalismo más insolidario y enconado, es un insulto a la inteligencia.

Paco Frutos, en una conferencia organizada por Alternativa Ciudadana Progresista el 27 de noviembre del año pasado, alertaba: “el nacionalismo es una vuelta al feudalismo con AVE y una cortina de humo de la derecha para frenar las reivindicaciones sociales” y añadió que  ”el franquismo sociológico de la Cataluña de principios de los años setenta se ha pasado al independentismo sociológico por seguidísimo acrítico del poder”.

Esa visión crítica de Frutos no es ajena a su exilio en Madrid tras las derivas y rupturas del PSUC que llevaron a la izquierda catalana a caer en brazos del nacionalismo, dando un marchamo de “justa rebeldía” a una ideología reaccionaria que claramente no lo merece. De ahí a considerar que toda izquierda que se precie ha de estar por la falacia del “derecho a decidir” solo distaba un paso. Hoy está la CUP con un programa en apariencia muy radical de izquierdas pero circunscrito a Cataluña y a su secesión (programa plagado de elementos etnoidentitarios y con el blablabla de la solidaridad con el resto de pueblos del “estado español” ya convertido en país vecino y objeto de su “caridad”); está Procés Constituent que se interesa por un proceso constituyente solo para Cataluña (España “no es su problema”); la dirección de Podemos, con ese discurso de ambigüedad calculada de que “los catalanes serán lo que ellos quieran” sin vislumbrar que la casta que critica sería la gran beneficiaria de la posible secesión; y el nuevo proyecto que encabeza Ada Colau donde se reclama el “derecho a decidir, aquí y ahora, cómo ha de ser la Barcelona que necesitamos y deseamos” (veremos el rumbo que toma a la vista de que muchos de los interesados se sitúan en un concepto de “derecho a decidir identitario”).

Queremos una república, pero… ¿Qué república? Esto me preguntaba el pasado 21 de abril de 2013 en mi artículo “Un símbolo de la izquierda” publicado en La Voz de Barcelona. Ya es hora que empecemos a definir qué República.

Lo primero será definir el demos, el marco, y ahí no podemos coincidir con los independentistas. Nuestro marco es el pueblo, el pueblo trabajador, el pueblo trabajador español. Aceptar un marco menor es dividir a la clase obrera y supondrá un mayor endurecimiento de sus condiciones de vida, a un lado y a otro de esa nueva e indeseable frontera.

Esto se añade a que el supuesto demos soñado por los secesionistas es de naturaleza étnica, con la eterna y reaccionaria pretensión de la derecha de dar a la comunidad cultural de la parte más favorecida de la población el derecho a convertirse en comunidad política hegemonica. Cataluña es un territorio donde la pluralidad (pervivencia de diferentes comunidades culturales) es una realidad contrastable y el nacionalismo con su corolario de exclusión de aquellos que no comparten su marco identitario, que en el colmo de las contradicciones, corresponde a las clases populares que no encajan en el modelo de sociedad que proponen. Si como izquierdista pienso que la lucha de clases es internacional, sé que esta se desarrolla en los actuales estados-nación consolidados tras las revoluciones burguesas, con una extensión de la misma a otros marcos internacionales como es la UE, las relaciones norte-sur y la injusta distribución de la riqueza a nivel mundial en el marco de una globalización económica que aprovecha la actual “crisis” para un mayor expolio de las clases desposeídas y el enriquecimiento enloquecido de las grandes multinacionales y de las grandes fortunas.

El segundo aspecto a precisar será saber si únicamente queremos cambiar la forma de la jefatura del Estado y cómo. Lo que deslegitima la monarquía para un republicano no es la corrupción; eso deslegitima a quien la practica sea Jefe del Estado, diputado, ministro, empresario o simple ciudadano. La monarquía ni siquiera es aceptable en el caso de una honestidad sin tacha del receptor del supuesto derecho porque no existen tales derechos (privilegios) de sangre. Esta es la clave.

Ahora bien, el republicanismo no puede quedarse en el simple cambio en la forma de designar el Jefe del Estado. Es preciso eliminar los derechos de sangre en todos los ámbitos de la sociedad en que esos “derechos” implican generación de desigualdad y privilegio. ¿Por qué los miembros de la Casa de Alba tienen derecho a heredar unas tierras que nunca han trabajado? ¿Por qué los hijos de Botín pueden recibir fortunas que no ha generado con su esfuerzo personal? ¿Qué tienen los Millet, los Montul, los Mas o los Pujol diferente del resto de ciudadanos para estar siempre en los puestos públicos que garanticen el constante incremento de sus posesiones? ¿Por qué los gobiernos autonómicos se han dado tanta prisa en eliminar una de las herramientas más importantes para la redistribución de la riqueza como es el, aunque tímido, impuesto de sucesiones?.

Aunque la actual Constitución española, en su artículo 33.2, advierte de la necesaria delimitación de los derechos de propiedad privada y de herencia a su función social, los sucesivos gobiernos y, sobre todo, sus parlamentos (supuestos representantes del pueblo) apenas se han preocupado por desarrollar las leyes necesarias para establecer esas funciones sociales. Tampoco parece que lo hayan hecho en el desarrollo de los derechos constitucionales al trabajo y la vivienda, ascendiéndolos de meros derechos declarativos a derechos efectivos que de buen seguro habrían evitado la terrible situación de paro y los innumerables desahucios que se continúan produciendo en España.

Este es el camino de la IIIª República Española: la construcción de una nación (política) de ciudadanos libres e iguales. Donde la democracia no se convierta en un instrumento al servicio de la partitocracia, central o autonómica, sino en una forma de participación social en la toma de decisiones políticas, sociales y económicas. La economía debe estar sometida al sistema democrático como medio de asegurar la igualdad de los ciudadanos. No al capricho de un supuesto mercado que no responde más que ante los dueños del capital, estén en Barcelona, Madrid, Berlín, Moscú o Hong Kong.

Volviendo a los hechos tras la abdicación, cualquier observador que se precie habrá notado que las manifestaciones reclamando la República en Barcelona han mostrado dos tipos de puesta en escena muy distintas. En unas había una mezcla de banderas republicanas y esteladas. Su apoteosis se dio el pasado domingo 22 de junio, donde el “nacionalismo de izquierdas” (evidente oxímoron) apostó por una República Catalana. En ella quedó patente que muchos no le dimos apoyo, por lo cual la presencia de la bandera republicana (española) fue inexistente.

La baja participación demuestra la falacia de la pretendida hegemonía izquierdista del proceso secesionista. Corresponde dicha hegemonía a la casta detentora del poder político y económico en Cataluña, representada por las famosas 300 familias.

Por otro lado hubo dos manifestaciones realizadas en Plaza Sant Jaume en la que la bandera republicana fue prácticamente única, el sábado 7 y el jueves 19 de junio, coincidiendo con la proclamación del nuevo Rey;  esta última convocada por la Coordinadora Republicana 14 de abril.

Ciertamente la baja participación muestra a las claras la falta de trabajo del republicanismo de izquierdas, y su necesario rearme ideológico y social. Hoy, más que nunca, la izquierda necesita marcar distancias con el secesionismo, el cual utiliza cualquier situación para imponer su axioma secesionista, donde el sedicente “derecho a decidir” no es sino una coartada pseudo-democrática para un fin insolidario del que se beneficiaría, en todo caso, la casta nacionalista o, parafraseando a Vicenç Navarro, el establishment catalanista radicado en Barcelona.

Vicente Serrano

Barcelona, 27 de junio de 2014

Publicado el 1 de julio en Rebelión.org

Los soberanistas catalanes venden la independencia como la panacea “per canviar-ho tot”

 La independencia va a arreglarlo todo,

dicen los chicos de la CUP y Esquerra:

nos saldrá todo gratis, ni una perra,

y guapos, hasta el propio Cuasimodo.

Separados de España, reino godo

de mítico renglón y áspera tierra,

seremos gente alegre, audaz, gamberra,

de trencadís, al gaudiniano modo.

Nuestra vida será un crucero, un viaje

lleno de arte, de música y follaje

libre, sin cortapisas, sin estops.

Y, hermanados en mística sardana

-colofón de la Vía Catalana-

cantaremos al mundo: “tots som pops”.*

* literalmente “todos somos pulpos”, lo dicen los danzantes para llevar el ritmo de la sardana.

Transversalidad o izquierda frente al nacionalismo

Cartel SCC         bandera repúblicana

Para la izquierda política el ciudadano, igual, libre y fraterno, es el sujeto político de su devenir histórico. Para los herederos de la Revolución Francesa apenas hay espacio moral para valores o principios comunitaristas o identitarios que sustraigan el protagonismo al ser humano individual y consideren como sujeto político supuestas entidades construidas sobre criterios étnicos, lingüísticos o religiosos. No admite coartadas para el privilegio. Desde esta perspectiva, no cabe sino felicitar a la novísima asociación Sociedad Civil Catalana (SCC) cuando en su manifiesto de constitución proclama que “Cataluña no está oprimida” y que “¡La independencia ni la queremos, ni nos conviene!”.

Dicho manifiesto, sin embargo, no es ajeno a tales vicios ni tampoco a los del peor de los capitalismos, por lo que deja fuera a nuestra izquierda. En él se echa de menos una crítica a la crisis estructural, tanto económica como política y social, que sufrimos en Cataluña y en toda España. Máxime siendo esta triple crisis el pretexto egoísta que ha enarbolado el nacionalismo en su exacerbación.
(más…)

De política y sentimientos

fragil

A la derecha la igualdad nunca le ha interesado mucho. Luis María Anson (El Mundo, 13/2/14) cree que eso del café para todos es una memez. Piensa que hay que reformar la Constitución para el “reconocimiento de la singularidad de Cataluña y su tratamiento fiscal”. Vamos, que no le importa hacer un intercambio de cromos con tal de mantener el chiringuito de su adorada monarquía. Y la izquierda, por su lado, alimentando la bestia con el “sacrosanto” derecho de autodeterminación. De tontos útiles al harakiri histórico no hay nada.

La diferencia entre la derecha y la izquierda ante el nacionalismo es el uso que hacen de él. Digamos primero que el nacionalismo es un concepto burgués, de derechas, inventado en el S. XIX para proteger sus mercados (romanticismo de juegos florales aliñado con intereses economico-comerciales). Actualmente es una herramienta en el proceso de acaparación de las plusvalías.

El marxismo ha teorizado, hace tiempo, la gran contradicción interna del capitalismo: “La caída tendencial de la tasa de beneficios”. El colonialismo, las guerras mundiales, el consumismo, las guerras focalizadas, el liberalismo comercial junto al proteccionismo interno, etc. han pretendido compensar esa “caída” ampliando los mercados externos, en forma de imperialismo, y los internos, mediante el marketing y la publicidad, generando “necesidades creadas”, creando una sociedad consumista inagotable y continuamente insatisfactoria.

Hoy el nacionalismo es una herramienta, bien engrasada, en manos del poder económico mundial. No les importa el sufrimiento que ello pueda causar. Enumerar los casos no es necesario, solo hay que revisar las hemerotecas.

Seguramente cualquier nacionalista catalán querrá distanciarse de la anterior definición, aduciendo las hondas raíces históricas, identitarias y sentimentales de su causa. ¡Como todos los nacionalistas!

El nuevo paradigma en la lucha del capitalismo por compensar esa “caída de los beneficios” es el asalto a los dineros públicos que gestionan los estados. No es un proceso nuevo; las políticas de liberalización de servicios públicos en la UE es un claro ejemplo. En España la privatización sanitaria auspiciada por el PP en la Comunidad de Madrid, momentáneamente detenida, es la punta del iceberg bajo el que se ocultan otros procesos previos de privatización sanitaria como los llevados a cabo en Cataluña, en forma de concertación, por el nacionalismo de derechas y de “izquierdas”, en Andalucía por el PSOE y en Valencia por el PP. El invento de la escuela concertada con la LOGSE “socialista” ha sido y es un sistema de desvíos de dinero público a manos privadas. En eso Cataluña es el paradigma.

Podría parecerle a alguien que sufro una paranoia conspirativa, sin embargo pequeñas evidencias se nos van mostrando, sin llegar a ser exhaustivas. El pasado año Alternativa Ciudadana Progresista presentó el libro de Alfredo Grimaldos sobre la transición española. Es un periodista que ha acreditado su gran conocimiento sobre las interconexiones entre la política y las agencias de espionaje a nivel mundial. No dudó en su parlamento en señalar a Israel, a través ¡claro! de sus servicios de espionaje, como instigador del nacionalismo en Cataluña. La visita y recepción por las altas autoridades de Israel del Sr. Mas parece confirmarlo. La ignorancia, el olvido y el desprecio, casi diría, al pueblo palestino fue patente. Un pueblo que sí sufre una ocupación militar, que tiene muertos inocentes y a quienes se les ha levantado un muro para usurparles su tierra. Un pueblo oprimido que sí tiene derecho a la autodeterminación, algo que no tiene nada que ver con la situación de Cataluña en España.

Otra guinda de esa evidencia es la que apunta a la “doctora” Pilar Rahola. No se podrá decir que ella cobra del Mossad pero parece llamativo que su actual pareja presida el Consorcio de Comercio Cataluña-Israel. Dicen que antes era muy españolista, es lo que tiene el falangismo que se puede cambiar de objeto amado con facilidad. Perdón, ¿era el falangismo o el amor? o ¿la butxaca?

Algún día la izquierda tendrá que analizar las relaciones entre el sionismo internacional y su infiltración (incrustación, entrismo) en los movimientos sociales en Iberoamérica, sin perder de vista el gran número de iberoamericanos que han engrosado la población del actual Israel. Por cierto ¿de quién es esa universidad privada que dio el “doctor honoris causa” a Rahola?

Y más de uno se puede preguntar que para qué hacer el trabajo a otros, si a nuestros dirigentes catalanistas solo les mueve el sentimiento. Veamos. Afirmación contundente, aunque duela: Desde la restauración de la Generalidad siempre ha gobernado en Cataluña el nacionalismo. Corolario: La dinámica en todo ese periodo ha sido detraer del Gobierno central la gestión de cada vez más parte del pastel de los dineros públicos. Esto, que aparentemente no es bueno ni malo, es terrible si sirve a una causa injusta y sobre todo si esa detracción se pretende insolidaria y no solo con el resto de ciudadanos españoles, si no también en su reparto dentro de Cataluña. Y tal es el caso: La “construcción nacional” de Cataluña no se puede desligar de un proceso de apropiación indebida de dineros públicos con destino al proyecto identitario y desvío a manos privadas del entorno de las famosas 300 familias que componen la casta, el núcleo de poder nacionalista. Se ha hecho con la ley y al margen de esta. La corrupción es parte consustancial del “proceso”.

Los sentimientos son una mercancía y el materialismo dialéctico histórico ha muerto. La izquierda española y en particular la catalana ya no hacen sus análisis en base al marxismo y ni siquiera desde un punto de vista de clase. Son los sentimientos identitarios los que guían sus políticas, y no los sentimientos de sus militantes y aún menos los de sus votantes. Es la pertenencia social e identitaria de sus dirigentes lo que marca la ruta. Y eso no es por casualidad.

En la lucha antifranquista la izquierda española asume un complejo de culpa ante el nacionalismo, concediéndole una carta de naturaleza democrática, aceptando un derecho de pernada feudal en forma de preeminencia en la gestión de las Comunidades Autónomas, inicialmente en las llamadas históricas. Posteriormente ha asumido en su propio discurso las teorías soberanistas.

En Cataluña el proceso es más hondo, en las primeras elecciones autonómicas se cede a Pujol la Generalidad, aún cuando la izquierda había obtenido la mayoría y eso a cambio de nada (pura subordinación al nacionalismo). Los gobiernos de Maragall y Montilla ya son puro nacionalismo, soportados por una base sociológica a la cual marginan y condenan culturalmente y no por la concurrencia de ERC y ICV-EUiA en el gobierno tripartito. El nacionalismo estaba en el ADN del PSC.

A la izquierda los sentimientos identitarios la han desnaturalizado y la condenan al ostracismo y a la incapacidad de recuperar la ansiada hegemonía cultural perdida de la que disfrutó en tiempos de la transición.

La derecha siempre es más pragmática, es neo-liberal y por ello entiende que los sentimientos de pertenencia, la identidad, es una mercancía que se manufactura, que se puede introducir en una cadena de montaje, de transformación, manipulación, empaquetado y maquetación. Un bien que se compra y se vende o se utiliza con intenciones más o menos espurias.

Y eso parece que finalmente Rajoy ofrecerá a Mas: Un tratamiento fiscal especial, un concierto, que contente al establishment catalán. Ese acuerdo es posible y lógico entre neoliberales por que para ellos la desigualdad es una necesidad en el proceso de acumulación de rentas y los dineros públicos son muy golosos. Es un reajuste en el reparto entre iguales, entre clases capitalistas, ahí donde el apellido no tiene mayor importancia. Es la derecha.

Lo que sigue siendo un misterio es la defensa de esos postulados desde la izquierda. Lo que cabría esperar es una defensa numantina de la igualdad y un proyecto fiscal y social que la garantizase; eso implicaría un sistema fiscal para toda España, incluyendo País Vasco y Navarra. Es decir: una apuesta por la ciudadanía y no por la identidad. A no ser que entendamos que las direcciones de esos partidos han sido okupadas por el nacionalismo bien a través de hijos de esa burguesía nacionalista o meritorios charnegos agradecidos.

Vicente Serrano
Crónica Global. Lunes, 7 de abril de 2014

 

Sindicalismo y nacionalismo

La Comisión Obrera Nacional de Cataluña firma un convenio con la Asamblea Nacional Catalana. Parece mentira pero es verdad y en realidad no es tan extraño.

Los sindicatos en Cataluña, al igual que los partidos políticos de izquierda, han asumido la norma de que sus direcciones las conformen nacionalistas y eso ha contado con el beneplácito acomplejado de las direcciones de dichos sindicatos y partidos estatales. La única excepción fue la de Justo Domínguez, que fue secretario de UGT Cataluña entre 1983 y 1990, y que, según relató Olegario Ortega en su funeral, se quedó enganchado a la brocha mientras pintaba, pues le quitaron la escalera. Se notaba que no estaba en la cuerda nacionalista.

En el acuerdo entre Joan Carles Gallego y Carme Forcadell la clave, cómo no, está en la defensa del derecho de autodeterminación o, como gusta de llamarlo el separatismo, “derecho a decidir”. Y la Forcadell añade “que el avance nacional es inseparable del avance social”, mantra repetido por toda la izquierda catalana oficial y alternativa: véase la “anticapitalista” Esther Vivas o la monja “constituyente catalana” Forcades o los chicos de la CUP con su diputado Fernández. “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad” dijo Lenin y repitió Goebbels.

¿Es un convencimiento del movimiento sindical en Cataluña lo del “derecho a decidir”? ¿Son nacionalistas los afiliados de los sindicatos? O, como he argumentado en otra ocasión ¿Es parte de la estrategia nacionalista? Ocupar todos los segmentos ideológicos haciendo eso que los trotskistas llamaban entrismo o embebimiento en asociaciones, partidos, sindicatos, asociaciones de padres, de petanca, ONGs, casas regionales, clubes de futbol, de parchís, etc. Estrategia que tan buenos resultados les está dando. No es que los afiliados de CCOO y UGT sean secesionistas, no. Es que quien los representa públicamente si lo es.

Y eso implica que ha habido una aceptación de las clases trabajadoras de ser subsidiarias del nacionalismo, que ha aceptado las teorías “psuqueras” de integración y ascensión social que se han demostrado falsas, ya que ese sometimiento no ha conllevado una mayor participación o ascensión en la sociedad, si no todo lo contrario. Y en todo caso si se ha dado puntualmente es en base al abrazo enfervorecido del nacionalismo, véase como ejemplo público al que sustituyó a Justo Domínguez, el que se quedó la escalera: el asturiano Josep María Álvarez. Solo hay que revisar los apellidos de los diputados en el Parlamento autonómico de Cataluña y especialmente en las listas del PSC e ICV-EUiA. Montilla es el paradigma del “charnego agradecido” más nacionalista que nadie. Hay que hacerse perdonar. ¿Perdonar qué?

Fui afiliado y delegado de CCOO desde la transición hasta que las abandoné para crear en 2003, con un grupo de críticos de Barcelona, el sindicato COBAS del que también marché en 2012 por sus posiciones pro-nacionalistas. Creo en la necesaria organización de los trabajadores a través de sindicatos de clase que defiendan sus intereses. Pero los postulados de las actuales direcciones de los sindicatos en Cataluña pretenden convertir a la clase trabajadora en la carne de cañón de un proyecto étnico de las clases que detentan el poder económico y político en Cataluña. A eso se le llama hacer de palanganero. Solo faltaba este acuerdo en el que se comprometen a realizar reuniones y otros eventos para extender el susodicho “derecho a decidir”. Es decir, hacer pedagogía del secesionismo.

Está llegando el momento en que hay que poner en entredicho la democracia interna del sindicalismo y si las direcciones actuales cumplen su función de sindicación de los intereses de las clases trabajadoras. No solo en Cataluña.

Vicente Serrano
Crónica Global. Miércoles, 26 de marzo de 2014

Per un país de tots, l’escola en català!

“Per un país de tots, l’escola en català!”
Traducción: “Por un país de todos, la escuela es nuestra”.

A ver, revisemos. Si el país ha de ser de todos, la escuela también ¿no?
Es decir, la escuela en las lenguas de todos. ¡Digo yo!

O lo que pasa es que no sé traducir del catalán y cometo el error de ser literal. Vuelvo a intentarlo: “Por un país de todos, la escuela en español” (¡jo que susto les ha dao!). La verdad, no me acaba de convencer esta traducción. Propongo una modificación en castellano y en catalán. A ver qué os parece. “Per un país de tots, l’escola en castellà i en català”. Traducción: “Por un país de todos, la escuela en catalán y en castellano”. A mí me suena bien. ¿Y a vosotros?

Me pregunto si hay alguien que le interese lo de la escuela solo y exclusivamente en castellano. Yo creo que no. Ese era Franco, con su “España una, grande y libre” y amordazada, añadiría yo y… Bueno, a lo mejor no ha cambiado tanto la cosa y estos de l’escola en català! son els seus nets pero traducidos, que diríamos. El problema entonces es de traducción, parece, “Catalunya una, gran i lliure”.

Pero seamos serios, el catalán no tiene culpa de nada. No tiene culpa porque para tener culpa ha de ser un sujeto y el catalán es un objeto, un bien intangible, que diría un economista. Un objeto que usamos para comunicarnos, igual que el castellano. Los idiomas no cometen delitos, ni oprimen, ni son oprimidos, porque son objetos y por tanto faltos de voluntad, de libre albedrío, ¿no? Los ciudadanos sí pueden cometer delitos porque son sujetos, de derechos y obligaciones. Y pueden ser oprimidos y opresores.

Aquí, en España (para que se me entienda), durante cuarenta años tuvimos un hijo de puta (y eso que a lo mejor su madre era una santa) que oprimió y mucho a todos los españoles (incluidos los catalanes) y mandó fusilar a mucha gente y reprimió las libertades y la democracia y se valió de la Iglesia y de la burguesía española (incluida y muy especialmente la catalana) y unos y otros se enriquecieron a costa de mantener a la mayoría en la miseria; y en los últimos años se inventó unos planes quinquenales que beneficiaron claramente a unas zonas del país (aquí hablo de España) en detrimento de otras, pero no porque les tuviera más cariño a esos súbditos (en aquella época todos lo éramos), sino por la fidelidad de sus burguesías. Entonces los que pasaban hambre se tuvieron que largar donde había trabajo (y entonces llegué yo a Barcelona, amontonado encima de los colchones en una dkv). Los españoles, la mayoría, compartíamos y sufríamos algo común: Una dictadura que nos condenaba a la miseria económica y cultural.

¡Ya me he ido! A lo que íbamos. La frasecita de arriba es una “engañifa”. Estos de Somescola lo que de verdad quieren es tener el control de la educación para mangonear las mentes de los tiernos infantes y hacer de ellos patriotes catalans y eso recuerda mucho las pretensiones del hideputa del que antes hablábamos, con el castellano en este caso, y eso se vista como se vista no es democracia.

El problemilla que tenemos en esta tierra catalana es que la acción conjunta de todos los aparatos ideológicos del estado (¿Os suena el concepto? De la época del eurocomunismo y eso, ¿no?) en Cataluña han estado, y están, durante treinta años y pico al servicio de la construcción de una nación. (Por lo que insisten y los privilegios que le han sacado y le piensan sacar, eso tiene que ser la repera, así que yo quiero una para mí solo.) Entre otros “aparatos”, la educación, que junto a los medios de comunicación (TV3 y sus tropecientos canales más, especialmente el Club Super3, con su infanticidio mental), periódicos: El Periódico, La Vanguardia, Avui (ahora El Punt Avui) y etcétera, y una falsa mítica nacionalista, ha hecho de los ciudadanos de este pu.. puu… puñetero país (esta es la autocensura, ¿se imaginan si digo puto país refiriéndome a Cataluña, como me estaba refiriendo, la que se lía, pero si digo puta España no pasa nada, eh?).

¡Me voy, me voy!. ¡Vuelvo!. Decía que todo ese tiempo de manipulación, de ingeniería social ha devenido en una ciudadanía pusilánime; es decir blandengue, pasota, pasiva, que se deja putear (me he parado antes de escribir el “ar” en la palabra anterior, ¿habrá sido miedo, autocensura o elegancia literaria?), en fin que hoy en día los que no tenemos, al menos, un apellido catalán tenemos dos opciones, no, tres: 1) Nos unimos entusiásticamente al proceso (procesión que va por dentro, aconsejo grandes cantidades de omeprazol, sobre todo si se tiene el estómago delicado) y asumimos un papel subalterno, aunque de vez en cuando y para disimular coloquen algún García o Fernández con cargo para contentar a la plebe. 2) Nos automarginamos socialmente, no estamos ni en las APAs (escribí algo sobre el tema tiempo ha), ni ninguna asociación donde se nos pueda acusar de anticatalán, y vivimos pensando que no somos catalanes, que eso no va con nosotros y por eso no votamos en las elecciones autonómicas, ni lo hicimos en el referéndum sobre el estatut. ¿Pa’ qué? Si ni pinchamos ni cortamos. Y 3) nos comprometemos y allí donde vamos decimos lo que pensamos y recibimos hostias (sin consagrar) por todas partes (a veces reales) y te insultan: fascista, franquista, anticatalanista, españolista (porque eso es un insulto, si fuera cierto no lo sería) y eso que estuvimos en las manis antifranquistas y luchamos por la democracia en España (y en Cataluña también, ¡claro! para mí es España) y gritamos Llibertat, amnistia i estatut d’autonomia, así, en català, y lo más divertido es que alguno de los que hoy nos insultan mediáticamente (me refiero a los dirigentes secesionistas y a sus “intelectuales” orgánicos) nunca se movilizaron, porque estaban calentitos en sus casitas burguesas y sus colegios de elite.

Que cada cual se apunte al grupo que quiera. Aclaremos, tener apellido catalán no implica ser nacionalista, no. Hay gente ¡pa’to! con ascendencia y lengua materna catalana, por supuesto, y sería injusto estigmatizar a nadie por la lengua que habla; pero yo estaba hablando de los charneguitos que vinimos de fuera u otros hijos de “inmigrantes” que ya nacieron aquí. (¿Se puede ser inmigrante sin salir de tu país? En España, si.) Eufemísticamente, nouvinguts, “recién llegados” para que se entienda.

Si en este país hubiera conciencia ciudadana ya le habríamos dado una patada en el culo a Mas, a Junqueras y toda su cohorte. En Cataluña necesitamos un Gamonal, una marea blanca, contra la ineptitud de una Generalidad que se olvida de los ciudadanos, que recorta en sanidad (el otro día me comentaba una doctora del Hospital del Valle Hebrón que el caos y el amontonamiento en urgencias es esperpéntico), recorta en educación (despido de interinos, tijeretazo en recursos), recorta en derechos (incumpliendo las sentencias del Supremo sobre conjunción lingüística) y pretende romper la democracia saltándose los principios del Estado de Derecho.

¡Despertad!, arriba parias de la tierra, charneguitos que Cataluña también es vuestra, empezad a decir algo. Aunque sea ¡Hasta aquí hemos llegado!

Vicente Serrano (un charneguito)

Crónica Global. Viernes, 21 de febrero de 2014